El orgullo es el primer vicio que el cristiano necesita vencer.  No puede haber crecimiento espiritual hasta que seamos libertados de este pecado espiritual.  Cualquier esfuerzo para mejorarnos será inútil, mientras que el orgullo domine nuestros espíritus.  No hay otro vicio más diabólico y destructivo que el orgullo. 

 

Este es el primer pecado que origina desde las profundidades del infierno, porque Satanás mismo fue transformado a un diablo por el orgullo: “Pero tú dijiste en tu corazón: ‘Subiré al cielo, por encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono, y me sentaré en el monte de la asamblea, en el extremo norte.  Subiré sobre las alturas de las nubes, me haré semejante al Altísimo.” (Isaías14:13-14).  Y también, 'Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura; corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor.” (Ezequiel 28:17).

 

La definición del orgullo es “una opinión excesivamente elevada de sí mismo,” y es sinónimo con soberbia, arrogancia, insolencia y presunción.  La persona que así piensa se pone en un respeto más alto que otros, y para el orgulloso no puede haber otro mejor que si.

 

Este pecado mortífero impide a la victima de someterse al Dios soberano que está sobre él, porque se la pasa viendo a otros hacia abajo, y consiguientemente, jamás podrá conocer al Dios verdadero que existe arriba de él.  Dios odia la altivez de corazón, “Abominación al SEÑOR es todo el que es altivo de corazón; ciertamente no quedará sin castigo.” (Proverbios 16:5), no porque Él mismo es orgulloso, sino porque conoce las consecuencias malignas que se producen por el orgullo.  Dios nunca podrá ayudar a tales personas, porque no se someten y “desprecian la autoridad” (2 Pedro 2:10).

 

El orgullo es la fuente de todo otro pecado que el humano comete contra su prójimo, porque este vicio produce ilusiones de grandeza y, en consecuencia, hace al pecador sentirse justificado en el mal que hace.  Los orgullosos son engañados en creer que otros no son suficiente importantes para contar para algo.  Si otros sufren, si otros tienen hambre, si otros lloran, si otros mueren; no importa, porque son nada.

 

El orgullo es el padre del egoísmo.  La persona orgullosa siempre busca lo suyo propio antes que los demás.  Gente así no puede concebir que otros pueden poseer un valor inherente – existen sólo para servir sus propios deseos egoístas.  Una persona llena de si percibe a otros con desden y desprecio, y los ve como un impedimento a su propio bienestar.  La persona orgullosa tiene la actitud de dominar a todos con quien se relaciona para que hagan sus mandados solamente, y nada más. 

 

El orgullo no puede tolerar a otro igual, mucho menos mejor que si, porque esa es la esencia del vicio.  No puede haber dos iguales en el universo.  La raíz de este pecado es la diferencia entre si y los demás.  El orgulloso desea ser más bello, más inteligente, más espiritual, más rico, más cada cosa que los demás.  No está contento con sólo ser bello o inteligente o espiritual o rico, sino necesita la distinción de “más” en todo lo que posee y hace.

 

 

El orgullo es contagioso y, como ya dije, es la causa mayor de muchos otros pecados.  Gente odia aquellos que son diferentes porque se sienten superiores a ellos.  Nosotros nos enojamos cuando alguien ofende nuestra dignidad.  Los hombres se hacen lasiviosos porque ven al sexo opuesto como objetos que son inferiores a ellos.  Los criminales toman lo que no es de ellos porque no tienen respeto para los estándares de otros.  Y podíamos seguir sin fin describiendo los pecados causados por el orgullo.

 

Todo otro pecado resulta de la necesidad carnal que los humanos tienen, que ellos convierten en una obsesión o perversión carnal.  En otras palabras, todo otro pecado resulta de la inseguridad y debilidad humana, y por consiguiente, es más humilde y manso en comparación con el orgullo. 

 

De hecho, uno que está esclavizado a un vicio carnal aceptara sus faltas más prontamente que uno dominado por el orgullo.  El orgullo no acepta responsabilidad por el mal que causa; no acepta alguna flaqueza de su parte.   El orgulloso es perfecto en su propia opinión y se pone en el nivel de Dios sobre el mundo.

 

Muchos están esclavizados al orgullo sin saberlo.  Más gente se perderá por el orgullo que cualquier otro pecado.  Esto es porque todo otro pecado es carnal y externo, y puede ser fácilmente descubierto.  Pero el orgullo es interno; es un modo de pensar, una actitud y no es tan fácilmente descubierto.  De hecho, mucha gente justifica su orgullo con confundirlo con el respeto propio.

 

El orgullo es un cáncer espiritual que consume el espíritu esencial del amor.  Fundamentalmente el orgullo es lo opuesto del amor.  La esencia del orgullo es la diferencia entre humanos – requiere desigualdad.  Eso, por consiguiente, exige la competición entre individuos.  Y por resultado, jamás podrá reinar la unidad porque los orgullosos nunca estarán satisfechos hasta que todo ser humano se someta a su completa soberanía.

 

Por esta razón seria más probable hallar el amor y la unidad en una cantina llena de borrachos y prostitutas, que en una iglesia llena de gente orgullosa.   Muchos de nosotros le pagamos a Dios un peso de humildad, luego damos la media vuelta y se lo cobramos doble a nuestro prójimo, por nuestro orgullo.  Muchos nos jactamos de nuestra sabiduría espiritual o nuestro conocimiento de las Escrituras, o algún otro talento que Dios nos concedió por Su Providencia, y lo usamos para elevarnos sobre los demás.

 

Por eso se dividen iglesias y siempre existe el conflicto entre la hermandad: ¿Quién es sabio y entendido entre vosotros?  Que muestre por su buena conducta sus obras en mansedumbre de sabiduría.  Pero si tenéis celos amargos y ambición personal en vuestro corazón, no seáis arrogantes y así mintáis contra la verdad.  Esta sabiduría no es la que viene de lo alto, sino que es terrenal, natural, diabólica Porque donde hay celos y ambición personal, allí hay confusión y toda cosa mala. (Santiago 3:13-16).

 

Pero, ¿cómo podremos quitarnos un vicio tan diabólico y poderoso como el orgullo?  Pues, primero que todo, hay que reconocer el hecho que somos orgullosos.  No hay ser humano existiendo que no sea dominado por el orgullo a cierto grado – unos más que otros.  Y de nada nos sirve poder apuntar a otros que son más orgullosos que nosotros, porque eso hace nada para quitar el orgullo en nosotros. 

 

Este paso es igual que cualquier otro vicio, sea carnal o espiritual; si no estamos dispuestos admitir que estamos espiritualmente afligidos, entonces no hay remedio.  Si usted piensa que no es vanidoso, eso quiere decir que es muy vanidoso en verdad.

 

Segundo, necesitamos ver nuestra naturaleza pecaminosa en luz de la santidad Divina.  Necesitamos ver que tan impuros somos al lado de Dios, que somos nada más que polvo y cenizas ante el SEÑOR Todopoderoso.  Es muy necesario reconocer que nuestro orgullo es un insulto gravoso para la Majestad de Dios.  Necesitamos arrojarnos a los pies de Su majestad, Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que El os exalte a su debido tiempo (1 Pedro 5:6). 

 

Entonces debemos confesar nuestra comprensión del crimen que hemos cometido.  La confesión es muy importante para el perdón, Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.  Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad.  Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a El mentiroso y su palabra no está en nosotros.” (1 Juan 1:8-10). 

 

La confesión afirma que reconocemos el mal que hemos cometido, y sella nuestro reconocimiento del estado infectado en que estamos.  No hay excusa, ni justificación, ninguna defensa o explicación; no hay duda alguna que somos culpables sin otra razón más que somos gente pecaminosa y viciosa.

 

Cuando David peco, dijo, “Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que seas reconocido justo cuando hablas, y tenido sin reproche cuando juzgas.” (Salmos 51:4).  Este es el punto de la confesión – admitir que nosotros hicimos lo malo, y que Dios está justificado en reprendernos y castigarnos.  Nosotros tenemos la culpa, y no Dios.  Nosotros todo el tiempo estamos mal, y Dios todo el tiempo está bien.

 

Tercero, debemos meditar continuamente y enfocar nuestros pensamientos, llenando nuestras  mentes de las características de aquellos grandes y poderosos personajes de la Biblia, a quienes Dios escogió por su humildad y mansedumbre.

Moisés

 

Moisés era un líder extraordinario, a quien Dios escogió para liberar a Su pueblo de la esclavitud egipcia.  Este hombre dirigió a aproximadamente 3 millones personas por el desierto.  Cualquier administrador de personas sabe cuan difícil es cuidar y supervisar a otros, pero ¿tres millones?  

 

¿Puede imaginarse las dificultades que tanta gente pudiera inventar en el desierto?  En una comunidad tan grande, donde había aproximadamente 500,000 matrimonios, con dos, tres o más hijos, debe haber habido problemas matrimoniales, conflictos entre familias, hijos desobedientes, crímenes de toda clase; aparte del problema de proveer sustento para todos, alojamiento, remedio para enfermedades, muertes, y la ciencia necesaria para las preparaciones constantes de mudarse de lugar a lugar, día tras día.

 

Moisés debe haber sido un individuo formidable para manejar tantos problemas difíciles; pero la Biblia dice que “Moisés era un hombre muy humilde, más que cualquier otro hombre sobre la faz de la tierra.” (Números 12:3).  Cuando su autoridad fue desafiada, Moisés humildemente “cayó sobre su rostro” (Números 16:4), que significa que se inclino hasta el suelo, y puso el asunto en las manos de Dios, diciendo que él se rendiría a “aquel a quien El escoja”, significando a quien Dios escogiera.

 

Esto nos enseña que la mansedumbre no es una característica de los débiles, sino de los fuertes.  Hombres formidables como Moisés son raros, pero más raros todavía son los hombres que poseen la humildad que él poseía.  Estos son los lideres que Dios busca, “Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo” (Filipenses 2:3).

David

 

Luego tenemos el ejemplo hermoso del Rey David, quien también era un hombre poderoso.  En cuanto a su valentía, tuvo el valor de enfrentar al gigante Goliat, siendo él inexperto en la guerra, cuando guerreros veteranos no se atrevieron.  En cuanto a su habilidad, era un caudillo guerrillero y rey de nación con grande fama y popularidad.  En cuanto a su hombría, “Era rubio, de ojos hermosos y bien parecido” (1 Samuel 16:12), tanto así que las mujeres bonitas eran su más grande debilidad.

 

David era todo lo que un varón desea ser, pero en las cosas pertinentes a Dios no había hombre más humilde en todo el reino.  Cuando el Arca del Testimonio, habiendo sido capturada por los filisteos, fue regresada a Jerusalén, David estaba tan contento que, como un niño, no pudo contener su alegría y  “David danzaba con toda su fuerza delante del SEÑOR” (2 Samuel 6:14).  

 

Los soldados valientes y fornidos de David deberían haberse sentido avergonzados al ver al líder de ellos comportándose como un niño.  Aun la esposa de David fue desilusionada al verlo saltando y brincando como un chamaco, “Sucedió que cuando el arca del SEÑOR entraba a la ciudad de David, Mical, hija de Saúl, miró desde la ventana y vio al rey David saltando y danzando delante del SEÑOR, y lo menospreció en su corazón” (2 Samuel 6:16).  Pero a David no le importo, ni siquiera un poquito.

 

Este es el tipo de carácter al cual se refirió nuestro Señor cuando dijo, “En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.  Así pues, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos.” (Mateo 18:3-4).   Y por eso tiene David el honor distinto de ser el único de quien Dios dijo, “HE HALLADO A DAVID, hijo de Isaí, UN HOMBRE CONFORME A MI CORAZON, que hará toda mi voluntad.” (Hechos 13:22).

 

Rut

 

En cuanto a mujeres, tenemos el ejemplo de Rut, que ni siguiera era hebrea, descendiente de Abraham, sino una mujer moabita.  Sin embargo Dios la escogió para que fuera la bisabuela de David, de quien vino nuestro Señor Jesucristo.  El honor de ser del linaje de Cristo era significante para cualquier mujer, pero el ser considerara la única excepción de la ley de separación del pueblo de Dios de los gentiles es una distinción que ni los hombres tuvieron.

 

Dios la escogió por su carácter fiel y humilde, el cual exhibió cuando su marido murió, quien era hijo de una Israelita llamada Noemí.  Rut escogió vivir con su suegra y atender a sus necesidades, “Pero Rut dijo: No insistas que te deje o que deje de seguirte; porque adonde tú vayas, iré yo, y donde tú mores, moraré.  Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.  Donde tú mueras, allí moriré, y allí seré sepultada.  Así haga el SEÑOR conmigo, y aún peor, si algo, excepto la muerte, nos separa.” (Rut 1:16-17).

 

Rut dejo sus parientes y su tierra para seguir la madre de su difunto esposo.   Ella se sometió ha ser humillada por los Israelitas y escogió someterse al Dios verdadero, por su lealtad a su suegra.

 

Rut fue obediente a Noemí como si fuera su propia hija.  Por dirección de Noemí ella se humillo al punto de acostarse a los pies del hombre que seria su esposo futuro, aun cuando debe haber sido incómodo para ella, “Cuando Booz hubo comido y bebido, y su corazón estaba contento, fue a acostarse al pie del montón de grano; y ella vino calladamente, descubrió sus pies y se acostó.  Y sucedió que a medianoche el hombre se asustó, se volvió, y he aquí que una mujer estaba acostada a sus pies. 

Y él dijo: ¿Quién eres?  Y ella respondió: Soy Rut, tu sierva.  Extiende, pues, tu manto sobre tu sierva, por cuanto eres pariente cercano.  Entonces él dijo: Bendita seas del SEÑOR, hija mía.  Has hecho tu última bondad mejor que la primera, al no ir en pos de los jóvenes, ya sean pobres o ricos.” (Rut 3:7-10).

 

¡Mujeres hoy en día tienen problema someterse a sus esposos, mucho más a sus suegras!  Pero Rut era una mujer única que escogió someterse y atender al bienestar de la familia de su esposo, en lugar del suyo propio, y fue grandemente bendecida por ello.  Fue por gente como ella de quien el Hijo de Dios descendió a este mundo, y el carácter de ellos era el carácter que nuestro Señor poseía como ser humano; gente de carácter dócil y corazón noble, de quienes Dios no se avergüenza ser llamado su Dios.

 

La Mujer Pecadora

 

Luego tenemos el ejemplo de la mujer pecadora en el Nuevo Testamento.  Esta mujer con sus propias lagrimas lavo los pies de Jesucristo y luego los seco con su propio cabello, besándolos y untándolos con perfume, “Y he aquí, había en la ciudad una mujer que era pecadora, y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y poniéndose detrás de El a sus pies, llorando, comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba sus pies y los ungía con el perfume.” (Lucas 7:37-38).  

 

Esta mujer no tenia una importancia histórica en el magnifico plan de Dios para su gente.  Ella era una sencilla pecadora; una persona humilde que acepto su pecaminosidad; una mujer inmoral que reconoció su propia impureza, y sentía la obscenidad de su conducta.  Pero el Señor no la condeno, ni la desprecio, sino uso esta persona humilde para enseñar una lección de misericordia y amor a gente arrogante.  ¡Que honor tan distinto tuvo esta mujer, que según muchos era de carácter bajo y común!

 

El Hijo del Dios Todopoderoso la escogió como un ejemplo de lo que Dios desea en Sus hijos e hijas.  Y los Fariseos, que se consideraban el mejor ejemplo de lo que gente religiosa debe ser, fueron reprendidos por el ejemplo de esta pobre, humilde mujer inmoral. 

 

Es por causa de gente como ella que siempre debemos recordar las palabras del apóstol Pablo, “Tened el mismo sentir unos con otros; no seáis altivos en vuestro pensar, sino condescendiendo con los humildes.  No seáis sabios en vuestra propia opinión.” (Romanos 12:16).  Para el Señor, esta mujer poseía mejores cualidades que los hombres “religiosos” que la condenaban.

 

¡Que experiencia tan bella deberá ser vivir entre los humildes!  Cuan refrescante deberá ser para nuestros espíritus ser completamente libres del orgullo – cada quien viendo por el bienestar de los demás; cada quien considerando a otros más importante que si mismos.  Imagínese poder vivir sin el temor de que otros sean mejor que usted, de que otros tengan más que usted; vivir sin el peso de constantemente competir con otros para aventajar en la vida.  

 

No hay nada más hermoso que ver una persona de cualidades notables que es mansa y humilde; una persona educada que puede hablar sencillamente con los analfabetos; una persona dotada que es paciente con los que no son; una persona rica que se deleita en la compañía de los pobres; una persona espiritualmente madura que puede aprender de aprendices.

 

Yo no puedo describir exactamente como debe sentirse ser verdaderamente humilde, porque todavía estoy luchando hacia esa meta.  Yo se mucho mejor que es el orgullo, y que es vivir entre los orgullosos, porque he luchado con este vicio toda mi vida. 

 

Pero puedo decirle que si usted quiere saber que es ser verdaderamente humilde, estudie las características de un bebe, cualquier bebe, porque Cristo dijo, “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me envió.” (Marcos 9:37).

 

Cuando dice “en Mi nombre”, quiere decir “como Mi representante”, y no sólo como el representante de Cristo Jesús, sino más bien como “un representante de Aquel que envió a Jesús” – Dios, el Padre.  Por consiguiente, el significado está claro – todos los niños representan o ejemplifican la personalidad Divina.  ¡Dios Todopoderoso posee el corazón de un bebe!  Las características Divinas son vistas, no en los humanos excepcionales e ilustres, pero en el niño dócil y sin pretensiones.

 

Si usted quiere saber como es Dios, entonces mire al bebe y contemple la inocencia, mansedumbre y generosidad que es inherente a todos los niños.  Y cuando pueda verdaderamente ver más allá de la humanidad del niño, estará viendo exactamente como es el Dios Todopoderoso, creador de todas las cosas. 

 

El momento que podamos visualizar esta verdad, entonces comprenderemos el significado verdadero de la humildad, en su sentido más puro – el sentido Divino.  Ese el momento que comenzaremos verdaderamente a crecer espiritualmente.

 

Entonces la ascensión hacia la perfección se hará más fácil, porque seremos más dóciles a la dirección de la palabra de Dios.  Entonces verdaderamente podremos ver la forma de Dios y oír Su voz que habla a nuestros corazones, por la misma palabra que obra en nosotros.  El crecimiento espiritual será algo verdadero, y los mandamientos de Dios se harán un gozo para obedecer.  

 

Al fin podremos descansar de todos los delirios y absurdidades que el orgullo produce en nuestros corazones.   El amor nacerá más naturalmente dentro nuestros corazones.  Entonces estaremos listos para ascender al otro nivel espiritual y comenzar nuestra marcha hacia la perfección genuina.

 

“No se imagine que si encuentra a un hombre realmente humilde que será lo que la mayoría de la gente llama “humilde” hoy en día: no será un tipo de persona fingida y exageradamente solemne, que todo el tiempo anda diciendo que, por supuesto, él no es nada.  Probablemente todo lo que pensara de él es que parecía un individuo alegre e inteligente que tomo un interés genuino en lo que usted le dijo.  Si acaso no le cae bien, será porque siente un poco de envidia de cualquiera que parece disfrutar de la vida tan fácilmente.  Él no estará pensando en si en absoluto.” (C.S. Lewis)