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Si
queremos vivir como discípulos de Cristo, necesitamos recordar que
todos los esfuerzos de valor y excelencia son difíciles. Eso quiere
decir que las cosas de calidad en la vida traen un precio más alto
que las cosas de poco valor. De la misma manera, la excelencia
personal requiere más sudor, más tiempo, más dolor, más detalle, más
cuidado que esfuerzos mediocres.
El
mundo por lo regular busca lo fácil. Todos buscan el camino más
corto, más cómodo, de menos resistencia. Pero eso raramente trae
resultados duraderos o valiosos. Todos conocemos el refrán: Lo
barato cuesta caro. Pues ese pensamiento se pude aplicar a la
vida en general. Cuando buscamos el camino más fácil causamos
dificultades para nosotros y otros. Pero cuando nos afrentamos a lo
difícil y lo dominamos, entonces el camino se hace más fácil.
Cristo dijo,
“porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que
pierda su vida por causa de mí, la hallará.”
(Mateo 16:25).
La vida nos presenta con decisiones difíciles todo el tiempo. Todos
somos confrontados con problemas por dentro y por fuera. Cuando
tratamos de huir de esas dificultades siempre perdemos la
oportunidad de crecer y desarrollarnos.
Cuando escogemos la manera más fácil, escogemos la mediocridad.
Escogemos vivir sin estimulación, sin galardón, sin excitación, o
desafío. La manera fácil nos lleva a la complacencia, el
aburrimiento y la depresión – querer evitar las dificultades
finalmente nos destruye.
El
ser humano necesita desafíos para vivir. El ser humano por lo
general está más feliz cuando logra dominar su ambiente. Y la única
manera de dominar nuestro ambiente es de hallar soluciones a las
dificultades y no huir de ellas. El tema principal de la vida es
precisamente de confrontar las dificultades y levantarnos a los
desafíos que la vida nos presenta.
Hoy, más que nunca, existe la tendencia de buscar la comodidad y la
diversión en todo. La actitud hacia el uso de drogas ha cambiado en
este país y ahora es considerado común para nuestra juventud beber
alcohol y usar drogas regularmente. La sociedad entera está
enfocada en la diversión, aun con los adultos.
Muchos han sido atraídos por la idea que la vida debe ser
confortable. La práctica de buscar gratificación instantánea con
usar tarjetas de crédito para hacer compras ha metido a muchos en
deudas imposibles. Tenemos una epidemia nacional porque todos andan
buscando la manera de evitar la responsabilidad y el deber. Todos
quieren llegar pronto al destino y batallar lo menos posible. Pero
todo eso sólo ha servido para meter a la sociedad en un abismo
profundo de deuda, corrupción, adicción y dependencia.
Debe ser obvio para el más deslumbrado que el camino más fácil no
lleva a algo bueno. El camino más fácil sólo produce gente inútil y
perezosa. Pero, al contrario, el camino más difícil produce
campeones que pueden superar sus circunstancias y hacerse
victoriosos. Son las dificultades que sacan lo mejor de nosotros, y
nos obligan a mirar profundamente dentro de nosotros para hallar la
solución. Son las dificultades que nos obligan ha salir de nuestro
estado improductivo y apático para hallar el remedio.
Y
la vida cristiana es el vehiculo preciso para ese propósito. Cristo
nos enseñó que necesitamos lucharle y batallar para encontrar el
camino correcto. Nosotros queremos todo a la mano, queremos la
manera más fácil, queremos que alguien nos cuide, queremos que
alguien pague el costo. Pero esa no es manera de vivir, según
Cristo. Cristo nos enseña que el camino menos atravesado es el que
nos lleva al paraíso, al cielo, al cumplimiento y a la felicidad.
El
legado que Cristo nos dejo tiene el propósito de enseñarnos como
vencer las dificultades de la vida y no huir de ellas. La vida
cristiana es gloriosamente difícil, pero las dificultades de esta
vida no nos hacen desmayar y derrumbarnos,
“Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que
la excelencia del poder sea de Dios
y no de nosotros, que estamos
atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, pero no
desesperados; perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no
destruidos…”
(2 Corintios 4:7-9).
Al contrario, cuando
verdaderamente discernimos el propósito espiritual de Dios, las
dificultades de la vida sólo nos mueven ha levantarnos y vencer,
“Por tanto no desfallecemos, antes
bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo
nuestro hombre interior se renueva de día en día, pues
esta leve tribulación momentánea
produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de
gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las
que no se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las
que no se ven son eternas.”
(2 Corintios 4:16-18).
Cuando nos hacemos
sabedores del conflicto que está rugiendo en los dominios
espirituales, y como tenemos un enemigo que quisiera vernos
derrumbados, tristes, desesperanzados y fracasados, entonces nos
levantamos. Cuando nos damos cuenta que tenemos un Dios en el cielo
que quiere vernos triunfar, que aplaudía nuestras victorias y se
goza en nuestros éxitos, entonces nos esforzamos con mucho más
denuedo.
¿Apreciamos bastante la salvación milagrosa de Jesucristo para ser
lo máximo para Su Altísimo – lo mejor para Su Gloria? El apóstol
Pablo sentía este peso,
“según
el glorioso evangelio del Dios bendito,
que me ha sido encomendado.”
(1 Timoteo 1:11).
Pablo sentía un agradecimiento profundo por la confianza que Dios
había puesto en él. Es un gran privilegio ser contados como
personas dignas de confianza. Su actitud era,
“conforme
a mi anhelo y esperanza de que
en nada seré avergonzado; antes
bien con toda confianza, como siempre, ahora también
será magnificado Cristo en mi
cuerpo, tanto si vivo como
si muero.”
(Filipenses 1:20).
Y
le exhorta a Timoteo que también él tenga la misma actitud
comprometida,
“Oh
Timoteo, guarda lo que se te ha
encomendado, y evita las palabrerías vacías y profanas, y las
objeciones de lo que falsamente se llama ciencia.”
(1 Timoteo 6:20).
También nosotros hemos sido salvos por la gracia soberana de Dios
mediante la propiciación de Jesucristo. No sólo eso, sino hemos
recibido todo lo que necesitamos para prevalecer en la vida y vivir
piadosamente,
“Todas las cosas que pertenecen a la
vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder,
mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y
excelencia…”
(2 Pedro 1:3).
Es
por esta razón que, como Pablo, necesitamos sentir el deber de hacer
lo máximo para vivir una vida de valor y excelencia. La clave de
nuestros esfuerzos diarios debe ser de buscar la excelencia en toda
circunstancia – en lugar de la perfección. En todo lo que hacemos y
decimos, debemos siempre luchar para realizar lo máximo, obrar lo
máximo, y sobre todo ser lo máximo. Esto es buscar la excelencia,
no la perfección.
La
perfección es obra de Dios, no nuestra. Sin la ayuda milagrosa de
Dios, la perfección es una fantasía que jamás se puede alcanzar.
Nosotros buscamos la excelencia, no sólo con buscar algo mejor, sino
con luchar para lo máximo, y Dios cumplirá la perfección en Su
tiempo y de Su manera.
Es
Dios el que nos hace capaz de escalar cualquier montaña, resistir
cualquier tempestad, y derribar cualquier pared,
“porque
Dios es el que en vosotros produce así
el querer como el hacer, por su buena voluntad.”
(Filipenses 2:13). Pero nosotros tenemos que estar
“ocupados” en esa salvación en nuestra práctica vida diaria,
“ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”
(Filipenses 2:12).
Si
nosotros sólo comenzamos en la base de Su redención a hacer lo que
Él nos manda, entonces encontraremos que podemos hacerlo,
“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”
(Filipenses
4:13). Si fallamos, es porque todavía no hemos puesto en practica
lo que Dios ha puesto dentro de nosotros. Pero una crisis se
levantara para revelar si acaso o no hemos estado poniéndolo en
práctica. Muchas veces no podemos penetrar los profundamente
arraigados motivos de los hombres.
Muchos individuos hablan y se conducen con mucha elocuencia, pero
una gran crisis revelará más claramente el carácter verdadero de
ellos. Si sólo obedecemos el Espíritu de Dios y practicamos en
nuestra vida física lo que Dios ha puesto dentro de nosotros por su
Espíritu, entonces cuando la crisis venga hallaremos que nuestra
propia naturaleza, tanto como la gracia Dios, nos sostendrá.
¡Gracias a Dios que nos da cosas difíciles para hacer! Las batallas
nos obligan a examinar nuestra propia alma, si estamos bien en
nuestra relación con Dios. Los esfuerzos para ser lo máximo para Su
Altísimo limpian nuestro corazón de todas las cosas que nos abruman
y nos aprisionan.
La
salvación que Dios nos da es una cosa alegre, pero también es algo
que requiere la valentía, el coraje y la santidad. Nos prueba por
todo el valor que poseemos:
“En
la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino
mirándolo de lejos, creyéndolo y saludándolo, y confesando que eran
extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Los que esto
dicen, claramente dan a entender que buscan una patria, pues si
hubieran estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente
tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es,
celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de
ellos, porque les ha preparado una ciudad.”
“¿Y qué más digo? El tiempo me faltaría para hablar de Gedeón, de
Barac, de Sansón, de Jefté, de David, así como de Samuel
y de los profetas. Todos ellos, por fe, conquistaron reinos,
hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones,
apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas
de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga
ejércitos extranjeros. Hubo mujeres que recobraron con vida a sus
muertos; pero otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a
fin de obtener mejor resurrección. Otros experimentaron
oprobios, azotes y, a más de esto, prisiones y cárceles.
Fueron apedreados, aserrados, puestos a
prueba, muertos a filo de espada. Anduvieron de acá para
allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados,
maltratados. Estos hombres, de los cuales el mundo no era digno,
anduvieron errantes por los desiertos, por los montes, por las
cuevas y por las cavernas de la tierra. Pero
ninguno de ellos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe,
recibió lo prometido, porque Dios tenía reservado algo mejor
para nosotros, para que no fueran ellos perfeccionados aparte
de nosotros.”
(Hebreos 11:13-16; 32-40).
Es
el propósito de Dios hacernos en Su imagen completamente y
absolutamente. Cristo está obrando para traer muchos hijos a la
gloria,
“Convenía a aquel por cuya causa existen todas las cosas y por quien
todas las cosas subsisten que,
habiendo de llevar muchos hijos a la
gloria, perfeccionara
por medio de las aflicciones al autor de la salvación de
ellos, porque el que santifica y los que son santificados, de uno
son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos…”
(Hebreos 2:10-11).
Y
Dios no nos escudara de los requerimientos de hijos. La gracia de
Dios produce hombres y mujeres con una fuerte semejanza familiar a
Cristo Jesús, no débiles mimados y malcriados. Muchos creen que son
padres buenos y cariñosos porque cuidan a sus hijos en exceso y les
cumplen todos sus antojos. Pero todo lo que hacen es criar hombres
y mujeres inútiles y disfuncionales. Estos se desarrollan en
parásitos para la sociedad, aprovechándose y viviendo del trabajo de
otros.
Los hijos de Dios no han sido enseñados así. Se lleva una tremenda
cantidad de disciplina para vivir la vida de valor y excelencia de
un discípulo de Cristo en la realidades de la vida. Y siempre es
necesario para nosotros hacer un esfuerzo sobresaliente para vivir
la vida de acuerdo a los principios de Cristo.
Yo
siempre me sonrío cuando oigo a alguien decir que los cristianos no
saben nada del mal. Es curioso para mi que algunos piensan que
nosotros no tenemos alguna idea cuan difícil es tener que tratar con
sentimientos malos, pensamientos perversos, y hábitos corruptos. La
idea que nosotros vivimos en una concha protegidos de las realidades
de la vida, y que usamos la Biblia como escape para evitar
enfrentarnos con la vida es algo absurdo.
Lo
curioso de esto es que son ellos los que no saben nada de las
realidades de la vida. Las mismas personas que piensan que nosotros
andamos buscando una manera para escondernos de las realidades de la
vida son los que realmente no tienen idea de lo difícil que es ser
buenos en todo momento.
Esto es porque ellos nunca han tenido que luchar contra el poder
destructivo del pecado en su vida. Nunca han tratado de ser
santos. Y el que se rinde al enemigo de luego nunca conocerá el
poder verdadero del enemigo. La persona que camina con el viento
nunca sabrá cuan difícil es caminar contra el viento.
Los discípulos de Cristo, mejor que nadie, conocen la oscuridad
malvada que mora dentro de los seres humanos, porque ellos han
tenido que luchar con esa oscuridad cada día de sus vidas. Los
cristianos saben, mejor que los pecadores practicantes, cuan
terrible y degenerado puede ser el corazón humano cuando está
esclavizado a los vicios, porque ellos han tenido que batallar
contra esos vicios cada momento de su existencia.
El
cristiano vive listo o lista para confrontar todas las realidades
feas de su propia imperfección y luchar para vencerlas, aun cuando
se lleva una vida entera para llevarlo a cabo. Los discípulos de
Cristo han dedicado sus vidas para ser personas de valor y
excelencia, y están muy conscientes de que tan difícil es esa tarea.
Cualquier persona que se llama “cristiano” y dice que el ser bueno
es fácil, nunca verdaderamente ha hecho un esfuerzo sincero para
crecer espiritualmente, sino sólo cumple aquellos mandamientos que
son fáciles y con que se siente cómodo o cómoda. Está ciego o ciega
a sus propios defectos carnales y nunca ha examinado su propio
corazón.
El
verdadero cristiano necesita tener un corazón de luchador, y poseer
una determinación obstinada para soportar la batalla contra el
pecado en su vida. El cristiano verdadero es como un atleta que
corre todos los días, que soporta el dolor en sus músculos y se
abstiene de muchos placeres para alcanzar el premio que ha puesto
por delante.
Los hijos de Dios necesitan ser luchadores y perseverar contra las
circunstancias más imposibles; sobrevivir los desafíos más grandes;
gente heroica y valiente que nunca se desaniman ni se rinden cuando
la carrera se pone dura.
Dios, por medio de Cristo, está produciendo hombres y mujeres que
han desarrollado la paciencia y la resistencia para realizar su
meta; el tipo de gente que pueden vencer cualquier obstáculo, que
tienen la paciencia de cortar cualquier árbol que está en su vereda,
mover cualquier montaña que obstruye su camino; gente que tiene la
resistencia de levantarse de cualquier fracaso, curar sus heridas y
seguir marchando.
La
lucha para ser lo máximo para Su Altísimo produce gente que es
exitosa en persistir por los obstáculos, los desafíos, las pérdidas,
tragedias, inseguridades, y a veces el miedo. Los que han escogido
la carrera de vivir una vida de valor y excelencia necesitan tener
la capacidad de buscar profundamente dentro de si para hallar la
manera de mantener un sentido de propósito, pasión o perspectiva en
su lucha.
Ellos han escogido está
manera de vivir porque están plenamente convencidos que hay razones
significativas para hacerlo y tienen la capacidad de retener esas
razones por seguir haciéndolo,
“Ahora
bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo
que no se ve. Porque por ella recibieron aprobación los antiguos.
Por la fe entendemos que el universo fue preparado por la palabra de
Dios, de modo que lo que se ve no fue hecho de cosas visibles.”
(Hebreos 11:1-3).
Esa es la clave al éxito. Si sólo podemos retener nuestra pasión
por perseguir un sueño y hallar razones sostenibles por hacerlo,
entonces la excelencia personal se hace una meta realística. La
retención de la pasión, la retención del propósito, la retención del
enfoque, la retención del amor o el gozo, y la retención de la
habilidad de escoger son esenciales para vivir el legado que Cristo
nos ha dejado.
Los cristianos son como guerreros que luchan contra un enemigo
feroz, a veces ganando y a veces perdiendo, pero siempre con el
conocimiento que cada batalla es una parte pequeña de la guerra
entera, y una batalla perdida no constituye la pérdida de la
guerra.
Sabemos que nuestro General, Cristo Jesús, ya ha ganado la batalla
más grande por nosotros – la redención de nuestras almas. También
sabemos que el resultado de la guerra ya ha sido determinado por el
sacrificio del Hijo de Dios. Sabemos que Dios ya nos acepto como
“hijos amados” y que no nos abandonara, sino que nos concedido la
morada de su Santo Espíritu en nuestros cuerpos mortales y nos ha
dado poder para vencer todas las cosas.
También sabemos que no estamos solos en esta lucha de valor y
excelencia, sino que hay miles otros luchando hacia el mismo supremo
llamamiento,
“Amados, no os sorprendáis del fuego de la prueba que os ha
sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciera.
Al contrario, gozaos por cuanto sois participantes de los
padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su
gloria os gocéis con gran alegría.”
(l Pedro 4:12-13).
“Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de
testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan
fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que
tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y
consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de El soportó
la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra
del trono de Dios. Considerad, pues, a aquel que soportó tal
hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os canséis
ni os desaniméis en vuestro corazón. Porque todavía, en vuestra
lucha contra el pecado, no habéis resistido hasta el punto de
derramar sangre…”
(Hebreos 12:1-4).
“Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las
tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la
paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza; y la
esperanza no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado
en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue
dado.”
(Romanos 5:3-5).
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