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La
envidia es el segundo vicio espiritual que el cristiano tiene que
vencer. La envidia es compañera del orgullo, y como el orgullo,
brota de una opinión excesivamente elevada de sí mismo. También,
como el orgullo, asciende de las profundidades de infierno, donde
Satanás es el principal de los envidiosos. Pero contrario al
orgullo, la envidia nace de una posición de inferioridad.
Envidia es sentir dolor al ver la buena fortuna de otros. Es la
inclinación de ver el bienestar de otros con angustia. Es el
disgusto de ver nuestro bienestar eclipsado por la del otro. Es la
tendencia de medir el éxito propio con compararlo con la de otros.
La envidia sólo tiene la meta de destruir la buena fortuna de
otros. Envidia es sinónimo con celos, rivalidad, rencor, amargura,
resentimiento.
La
envidia es el odio que el orgulloso siente hacia aquellos que son, o
poseen, lo que él no puede ser, o poseer. Gente que envida a otros
actualmente es inferior a los que envidia. La envidia se marchita
al gozo de otros, y odia la excelencia que no puede alcanzar. Así
como Satanás envidió el trono del Todopoderoso, y con odio terrible
busco obtenerlo para si mismo. Los envidiosos odian a cualquiera
que es superior a ellos, y buscan destruir esa persona y su posición.
La
envidia es el espíritu de uno que es orgulloso, pero no tiene la
confianza de su superioridad. Tal persona se siente acreditado(a)
para ser superior, pero la realidad de la evidencia no lo soporta.
No obstante, se sienten defraudados y en su pleno derecho de hacer
cualquier cosa para conseguir su ambición frustrada.
Este tipo de persona está impuesta ha ser superior a otros de menor
posición, pero cuando se afrentan a alguien que es superior a ellos,
entonces la sangre les hierve. Satanás era superior a todos los
ángeles del cielo:
“Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría y perfecto en
hermosura. En el Edén estabas, en el huerto de Dios; toda piedra
preciosa era tu vestidura… Perfecto eras en tus caminos desde el día
que fuiste creado hasta que la iniquidad se halló en ti.”
(Ezequiel
28:12-15).
Pero cuando miraba hacia el trono de Dios, veía algo mucho más
superior a él en todo respeto, y esto no podía conceder. La envidia
es el estado mental que rehúsa aceptar la realidad que hay otros más
excelentes que nosotros.
Dios nos ha dado a cada uno ciertos talentos y características que
nos hacen superior a otros, en algún respeto. Pero nadie tiene el
privilegio de ser superior a todos en todo respeto. Cada uno tiene
virtudes que otros no poseen, pero también posee flaquezas que otros
no tienen. Yo puedo tener ciertas cualidades que me hacen superior
a usted, pero usted probablemente posee diferentes cualidades
también le hacen superior a mi.
El
resultado es que todas las cosas se nivelan entre todos nosotros,
por las diferentes virtudes y faltas que poseemos. Nadie es más, ni
menos, que los demás humanos en este mundo lleno de imperfecciones.
El problema es que el orgullo nos ha cegado tanto los corazones; al
grado que completamente rehusamos aceptar el hecho que otros pueden
ser mejores que nosotros en cualquier respeto.
La
envidia es el atento desesperado, de uno infectado de la enfermedad
espiritual, de cambiar una verdad desagradable en una fantasía
concebida en su mente depravada. Una persona afligida de esta
manera jamás podrá encontrar el descanso para su alma. La persona
envidiosa es como el que sufre de una ulcera – una ulcera del alma.
Esta clase de persona es fastidiosa para otros, pero un tormento
para si. Estos desarrollan un deseo consumido de ver a otros tan
desilusionados y derrotados como ellos. Gente infectada así nunca
permitirá que el amor se desarrolle entre cristianos. Siempre habrá
otros mejores que ellos y serán un aguijón constante en su
costilla. Por consiguiente, este tipo de persona vivirá
constantemente odiando y tramando para destruir lo que es imposible
destruir.
La
Biblia dice que,
“El corazón apacible es vida de la carne; mas
la envidia es carcoma de los huesos.”
(Proverbios 14:30). Eso quiere decir que es como un gusano que se
come la sustancia
misma de la persona. La
envidia es como el cáncer que se devora la persona en vivo. Es como
la rabia que consume al animal que aflige.
Por lo tanto, aunque la envidia brota de una posición inferior, no
debemos ser engañados en pensar que no es un pecado mortal, porque
de la envidia muchos otros pecados terribles son engendrados. La
envidia da a luz el odio, homicidio, adulterio, robo, etc. La
envidia es un espíritu extremamente malicioso y formidable en
destrucción.
Salomón dijo de la envidia,
“Cruel es la ira e impetuoso el furor, pero
¿quién podrá sostenerse delante de la
envidia?”
(Proverbios 27:4). Mucha gente notable ha caído ante la envidia.
Caín mató a Abel por envidia, que es el primer caso de homicidio
registrado en las crónicas de la humanidad. Nuestro Señor mismo fue
perseguido y crucificado por envidia:
“porque sabía que por envidia lo
habían entregado los principales sacerdotes.”
(Marcos 15:10).
No
hay gente más peligrosa y mortífera que los que son guiados por la
envidia. Estos codician la posición en la vida, las posesiones
materiales, el dinero, la mujer, apariencia física, popularidad; y
no se detienen de nada para destruir la persona envidiada y saquear
la posesión codiciada. No hay nada que debemos temer más en este
mundo que la persona obsesionada con la envidia.
Pero, ¿que si nosotros somos los obsesionados y no lo sabemos? ¿Que
es lo que otros notan cuando visitan nuestras asambleas? ¿Que ven
los nuevos conversos? ¿De donde vienen las disensiones entre los
cristianos, y por que se dividen congregaciones? ¿Hemos estado
luchando por tanto tiempo para purificarnos de vicios carnales,
externos, sin haber hecho el esfuerzo para reconocer que hay vicios
más malignos en nuestro espíritu, internos, que nos dominan?
Santiago, el hermano del Señor, dijo,
“¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros? ¿No
vienen de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros?
Codiciáis y no tenéis, por eso cometéis homicidio. Sois envidiosos
y no podéis obtener, por eso combatís y hacéis guerra.”
(Santiago 4:1-2). Todos nosotros tenemos envidia en nuestro
corazón, en cierto grado, y sólo nos engañamos solos si creemos que
no. La envidia es parte de la naturaleza pecaminosa humana.
Pero, ¿como podemos despegar un espíritu tan maligno y dominante
como la envidia? Primeramente, como con el orgullo, necesitamos
reconocer el hecho que somos culpables de rendirnos a la envidia.
Debemos estar dispuestos ha admitir que somos tan culpables como el
peor pecador en el mundo por sentir el dolor al oír algo bueno de
nuestro prójimo, y sentir el gozo cuando oímos lo contrario.
En
los ojos de Dios somos igual que el peor pecador. Mientras
rehusemos admitir nuestro pecado siempre seremos el tipo de persona
que se desespera a levantarse en distinción por sus propias
virtudes, y andará siempre sintiendo gusto si otros pueden ser
deprimidos al nivel con él mismo.
Segundo, necesitamos admitir que no somos capaces de combatir un
espíritu tan formidable solos, sino necesitamos asistencia
sobrenatural del Espíritu Santo: “¿O
pensáis que la Escritura dice en vano: El celosamente anhela el
Espíritu que ha hecho morar en nosotros? Pero El da mayor gracia.
Por eso dice: DIOS RESISTE A LOS SOBERBIOS PERO DA GRACIA A LOS
HUMILDES. Por tanto, someteos a Dios. Resistid, pues, al diablo y
huirá de vosotros.”
(Santiago 4:5-7).
Tercero, necesitamos poner alto de andar haciendo comparaciones
desiguales. Cuando vemos a otros con mejores circunstancias que
nosotros, debemos considerar que probablemente hay dificultades
escondidas en sus vidas que nosotros no quisiéramos sufrir. La
Biblia dice,
“No envidie tu corazón a los pecadores, antes vive siempre en el
temor del SEÑOR; porque ciertamente hay un futuro, y tu esperanza no
será cortada.”
(Proverbios 23:17-18).
Cualquiera sean las diferencias que la gente experimenta en la
tierra, nosotros esperamos que todo eso será desecho, y nuestra
esperanza es de un gozo futuro donde todos tendremos el mismo
prestigio y la misma gloria de la naturaleza Divina. En esa delicia
futura no habrá diferencias y todos los pleitos y competición para
ser más que otros se harán una completa absurdidad.
Aprenda ha estar contento o contenta con su porción en la vida, y
todo el tiempo recuerde que no puede ser primero en todas las
cosas. El secreto de un espíritu generoso es saber como disfrutar
de lo que posee, y tener la capacidad de perder todo deseo para las
cosas afuera de su alcance. Aprenda ha estar agradecido o
agradecida con todo; con la riqueza, en que nos hace benefíciales
para otros; con la pobreza, por no tener tanto de que mortificarnos;
con el anonimato, porque no somos envidiados.
La
verdad es que no son nuestras circunstancias que crían nuestro
descontento o contentamiento. Somos nosotros. Lo que nos hace
descontentos con nuestra condición es la absurdamente exagerada idea
que tenemos de la felicidad de otros.
¿De que sirve el dinero, o las posesiones cuando el cielo será
nuestra posesión indestructible? ¿Como podemos envidiar algo de
existencia temporal, cuando tendremos vida eterna? Nosotros
esperamos algo mucho mejor y de una categoría mucha más alta para
andar destruyéndonos por cosas insignificantes como las riquezas de
este mundo.
Si
sólo podemos ver las cosas de este mundo y decir como David,
“En cuanto a mí, en justicia contemplaré tu rostro; al despertar, me
saciaré cuando contemple tu imagen.”
(Salmos 17:15), entonces no envidiáremos a otros. Porque si tenemos
tal esperanza, entonces nada aquí bajo del cielo será adecuado para
nosotros. Nada en este mundo será de nuestro gusto peculiar.
¿Envidia el buey al león? No, porque no puede alimentarse del
cadáver. ¿Sufre dolor la paloma porque el cuervo se goza en la
carroña? No, porque vive de otra comida. ¿Resentirá el águila el
nido pequeño del reyezuelo aquí abajo? Por supuesto que no.
Lo
mismo es verdad para el cristiano. Nosotros también remontaremos a
las alturas como el águila, extendiendo nuestras alas anchas, y
volaremos hacia nuestra habitación elevada entre las estrellas,
donde Dios nos ha hecho nuestro nido. Si podemos aprender ha pensar
de esta manera, entonces miraremos los lugares bajos de esta tierra
con desden.
Ya
no envidiaremos la grandeza de hombres poderosos en la tierra. No
desearemos la fama de los celebres y figuras deportistas. No
pediremos por la riqueza de los famosos y ricos. Nuestra porción
será el SEÑOR. Es esencial, entonces, que cambiemos nuestra
perspectiva de la realidad de las cosas.
La
Biblia nos enseña que Dios ha proveído para que todos Sus hijos e
hijas tengan parte en el progreso de Su reino,
“Pero a cada uno de nosotros se nos ha concedido la gracia conforme
a la medida del don de Cristo.”
(Efesios 4:7).
Por tanto, es necesario conceder diferentes dones y talentos a cada
uno para cumplir este propósito. Esto también es verdad del mundo
en general. Dios ha concedido diferentes habilidades y
características a todos en orden para que el mundo pueda
desarrollarse en una forma completa. Pero esto en ninguna manera
quiere decir que Dios considera a nadie mejor que otros.
El
propósito de Dios siempre ha sido que cada uno use su especifico
talento o habilidad para el bien del entero, y no para nutrir la
vanidad de ciertos individuos ridículos,
“Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndoos los
unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia
de Dios. El que habla, que hable conforme a las palabras de Dios;
el que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da, para que en
todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo, a quien pertenecen la
gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.”
(1 Pedro 4:10-11).
El
pueblo de Dios siempre ha tenido la solemne responsabilidad de ser
el ejemplo para el resto del mundo. Nosotros debemos enfocar
nuestras mentes en los grandes y notables ejemplos que Dios nos ha
proveído en Su Palabra Divina.
Job
Tenemos el ejemplo memorable del gran patriarca Job. Job fue una
persona que sufrió mucho en la vida. Y los amigos que tenia no le
ayudaron en su sufrimiento, sino lo acusaron de pecados secretos y
usaron su padecimiento intenso como la prueba de esos pecados. A
pesar de esto Job era mejor hombre que ellos,
“…el SEÑOR dijo a Elifaz temanita: Se ha encendido mi ira contra ti
y contra tus dos amigos, porque no habéis hablado de mí lo que es
recto, como mi siervo Job.”
(Job 42:7).
Por consecuencia, Dios requirió que los tres amigos se sometieran a
Job,
“Ahora pues, tomad siete novillos y siete carneros, id a mi siervo
Job y ofreced holocausto por vosotros, y mi siervo Job orará por
vosotros. Porque ciertamente a él atenderé para no hacer con
vosotros conforme a vuestra insensatez, porque no habéis hablado de
mí lo que es recto, como mi siervo Job.”
(Job 42: 8).
Pero la parte más importante de este ejemplo es que Job no se
aprovecho de la situación para elevarse sobre sus amigos, sino
intercedió por ellos, a pesar del mal que le hicieron. Y todavía
más interesante es el hecho que Dios no restauro a Job hasta que
hubo orado por sus amigos,
“Y el SEÑOR restauró el bienestar de Job
cuando éste oró por sus amigos;
y el SEÑOR aumentó al doble todo lo que Job había poseído.”
(Job 42:10).
Los amigos de Job se aprovecharon de su aflicción para atacar su
carácter cuando estaba caído, posiblemente porque estaban envidiosos
porque era más virtuoso que ellos, pero Job no fue restaurado hasta
que intercedió por ellos. El punto es que Dios requiere que seamos
generosos con los que nos afligen. El amor todo lo sufre, y soporta
todo el mal que se le hace.
La
lección para nosotros es que si no encontramos en la posición de los
amigos de Job, debemos humillarnos a la superioridad de otros. Como
dijo el apóstol Pablo,
“con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más
importante que a sí mismo.”
(Filipenses 2:3). Esto quiere decir que debemos dar alabanza donde
la alabanza es merecida.
Y
si nos encontramos en la posición de Job, debemos tener compasión
para aquellos que no han sido bendecidos con la buena fortuna con la
cual Dios nos bendijo a nosotros,
“Busqué entre ellos alguno que levantara un muro y se pusiera en pie
en la brecha delante de mí a favor de la tierra, para que yo no la
destruyera…”
(Ezequiel 22:30). Siempre recordando que ¡Dios no restauro a Job
hasta que hubo intercedido por sus amigos!
Elizabet
Después, tenemos el gran ejemplo de Elizabet, a quien Dios escogió
para que concibiera a Juan el Bautista. Elizabet era pariente de
Maria, la madre de Jesús el Cristo, y su esposo era un sacerdote
levita. Elizabet no tuvo la fama de Maria, aunque también fue una
mujer santa y fiel:
“…una de las hijas de Aarón... eran justos delante de Dios, y se
conducían intachablemente en todos los mandamientos y preceptos del
Señor.”
(Lucas 1:5-6). Muy pocos, aun entre los cristianos, se acuerdan de
Elizabet.
Pero todos saben quien era Juan el Bautista. Juan fue uno de los
caracteres más importantes en la historia profética. Él vino con el
espíritu de Elías, el más grande y poderoso profeta de Dios, para
preparar el camino para el Señor Jesucristo,
“Porque él será grande delante del Señor; no beberá ni vino ni
licor, y será lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su
madre. Y él hará volver a muchos de los hijos de Israel al Señor su
Dios. E irá delante de El en el espíritu y poder de Elías PARA
HACER VOLVER LOS CORAZONES DE LOS PADRES A LOS HIJOS, y a los
desobedientes a la actitud de los justos, a fin de preparar para el
Señor un pueblo bien dispuesto.”
(Lucas 1:15-17).
Así que, el honor de concebir un hombre tan formidable como Juan el
Bautista era prestigioso para cualquier mujer. Tal mujer necesitaba
poseer las características y cualidades que atribuiría al niño con
la personalidad que Dios requería para Su propósito. Esta mujer muy
bien pudiera haber sido la madre del Señor Jesús, pero ese no fue el
papel que se le concedió.
Pero esto en ninguna manera quiere decir que ella era menos que
Maria, ni que Dios la había menospreciado. Sólo Dios sabe porque
hace las decisiones que hace; sea por causa de la genealogía, o la
edad de la persona, u otra razón con la que no estamos enterados.
Pero nunca debemos pensar que Dios es parcial a ciertos y no a
otros.
Elizabet muy fácil hubiera podido sentirse desfavorecida, viendo que
su pariente fue escogida para un propósito mucho más elevado que el
de ella. Ella era la mayor, y muy bien pudiera haber pensado que
Maria no era más espiritual ni más santa que ella. El hecho que el
marido de Elizabet era un sacerdote levita y el de Maria era un bajo
carpintero pudiera haberla hecho sentirse humillada. La envidia muy
fácil pudiera haber entrado en su corazón, y así hubiera sentido el
resentimiento, viendo que su prima estaba recibiendo más fama y
honor que ella. Pero esto no fue lo que sucedió.
Elizabet nunca tuvo tal pensamiento acerca de su pariente o Dios,
sino totalmente al contrario. Ella más bien sintió el
agradecimiento porque Dios le había concedido un hijo,
“Así ha obrado el Señor conmigo en los días en que se dignó mirarme
para quitar mi afrenta entre los hombres.”
(Lucas 1:25). Elizabet había sido estéril (v.7).
Y
con Maria; le dio el honor debido a su pariente más joven:
“Y exclamó a gran voz y dijo: ¡Bendita tú entre las mujeres, y
bendito el fruto de tu vientre!”
(Lucas 1:42). Maria también, pudiera haberse sentido jactanciosa
con su papel en la vida, pero no fue así, sino más bien ambas dieron
gracias y honor a una y otra por la felicidad que les había
acontecido. ¡Hermoso ejemplo este!
En
lugar de siempre andar comparándonos con otros y midiendo nuestro
éxito por el éxito de ellos, debemos aprender ha estar agradecidos
con el don especifico que Dios nos ha dado a nosotros. Deje de
andar copiando a sus vecinos, amigos y parientes en todo. Aprenda a
ser lo que Dios intentaba para usted. Sea la persona que Dios le
hizo; sea usted y no otro – sea real. Use sus propias habilidades y
deje de andar acumulando cualidades y características de otros. Sea
auténticamente usted, y dé la gloria a Dios.
No
hay alguna manera que podemos ascender de este nivel hasta que nos
despojemos de la envidia. El Reino del Cielo se compone de seres
divinos que trabajan en armonía con uno y otro. La iglesia de
Cristo Jesús no puede crecer hasta que haya armonía entre sus
miembros, y cada uno esté dispuesto ha contribuir su parte,
indiferente de que tan pequeño sea, sin envidia ni sentimientos
rencorosos. Dios no puede tolerar gente que rehúsa ha someterse a
Sus decisiones y trata de destruir a otros que están en una posición
superior.
Si
queremos continuar hacia el
“premio de supremo llamamiento,”
necesitamos dejar la envidia aquí mismo, este mismo momento. Cada
uno necesitamos aceptar su papel en el plan de Dios y someternos a
Su dirección. Como nos dicen las Escrituras,
“Pues ni aun Cristo se agradó a sí mismo; antes bien, como está
escrito: LOS VITUPERIOS DE LOS QUE TE INJURIABAN CAYERON SOBRE MI.”
(Romanos 15:3). Cada quien tiene que hacer trabajo que no es
glorioso, y sufrir reproches cuando otros son alabados, aun cuando
es el Hijo de Dios.
El
momento que reconozcamos que somos culpables de este pecado maligno,
y que hemos fallado en trabajar en armonía con los hijos de Dios, y
hagamos un esfuerzo honesto para deshacernos de este vicio
depravado, entonces seremos libertados de este peso espiritual.
Entonces podremos ascender hacia el otro nivel espiritual para
seguir nuestra marcha a la perfección.
“Y teniendo dones que difieren, según la gracia que nos ha sido
dada, usémoslos...Que vuestro amor sea auténtico, sin fingimiento.
Odiad lo malo y poneos siempre al servicio del bien. Amaos los unos
a los otros con verdadero amor fraternal, y que cada cual tenga a
los demás como más dignos de alabanza.”
(Romanos
12:6-10)
“El contentamiento es riqueza natural, el lujo es pobreza
artificial. Es más rico el que puede estar contento con lo mínimo,
porque el contento es la riqueza de la naturaleza. El que no puede
estar contento con lo que tiene, no estaría contento con lo que
quisiera tener.”
(Sócrates)
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