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La
ira es el tercer pecado maligno que el cristiano tiene que
combatir. La definición de la ira es un sentido exagerado de
incomodidad que la persona siente cuando las cosas no transcurren
según un estándar de procedimiento establecido en su mente. Es
disgusto violento o exasperación vehemente. Las palabras sinónimas
son: furia, cólera, rabia, enojo, indignación, venganza, irritación.
Esta actitud también tiene sus raíces en el orgullo de la persona.
No hay persona más iracunda que la que está llena de su propia
importancia; aquel que toma su dignidad más seriamente que cualquier
otra cosa en el mundo. No hay humano más ridículo que el que se
toma a si demasiado en serio, y la persona iracunda es culpable más
que todos. Este tipo de individuo piensa que su propio sujetivo
sistema de reglas es más valido que todo otro sistema en el mundo.
La causa
primaria de la ira es un ego insatisfecho que viene de un vacío
interior y el rehúso de comprender a otros. El deseo de tener el
universo acomodado a sus deseos es exaltado por este ego engañoso.
Este ego es engañoso porque piensa que hallara permanencia y
satisfacción en un grupo de condiciones “estables” en este mundo,
como el amor, o el dinero, o una casa ideal.
La felicidad y la
seguridad se hacen dependientes en estas condiciones externas.
La causa
segundaria es la frustración que es un paso antes del enojo. Las
frustraciones surgen cuando no podemos conseguir lo que queremos o
conseguimos lo que no queremos. El deseo por la permanencia en
condiciones terrenales produce una lucha de un sólo lado, o
desigual, en donde el individuo neciamente lucha contra el universo,
tratando de aprender como manipular las condiciones para su propio
provecho.
Este tipo
de persona tiene demasiado interés propio o ego. No tienen respeto
hacia otros. Piensan que ellos son los más importantes y tienen
poco o ningún respeto para su prójimo. Están insatisfechos con el
estado de las cosas porque quieren más y se exasperan
ardientemente porque
las cosas no están en su “propio orden.” Son como niños que rehusan
aceptar el hecho que se lleva tiempo para producir los resultados
que deseamos, y que raramente se acomodan exactamente como queremos.
La
persona que piensa así, sin saberlo, se pone en el nivel de dios y
demanda que el resto del mundo se someta a su perspectiva y le hagan
homenaje con ser dócil en su presencia y muestren temor cuando hacen
algo contrario a su voluntad. El propósito singular del iracundo es
de poner el temor del “señor” en toda persona con quien se
relaciona. La persona iracunda cría un ambiente de terror para
todos los que se atreven oponer su punto de vista o su meta
personal. La ira es el medio que el orgullo utiliza para subyugar
a todos bajo sus pies.
Este pecado siempre se disfraza como un acto de justicia y
autoridad, y así engaña al participante en pensar que es un atributo
normal y aprobado. La gente siempre usa el ejemplo de Cristo Jesús
para defender este vicio. La ocasión a la que se refieren es cuando
el Señor echo fuera del templo a los cambistas cuando vio que hacían
el templo de Dios una “cueva de ladrones” (Lucas 19:46),
“e hizo un azote de cuerdas y echó fuera del templo a todos, con las
ovejas y los bueyes; también desparramó las monedas de los cambistas
y volcó las mesas.”
(Juan 2:13-17).
El
argumento va así: Si Cristo se enojo y perdió Su paciencia, entonces
la ira no es pecado. No sólo se enojo, pero también usó la
violencia física en Su ira. Si el Hijo de Dios, siendo perfecto,
puede encenderse y usar la violencia, ¿entonces que se puede esperar
de nosotros que somos imperfectos? Pero, los que usan este
argumento no se dan cuenta que en usar este argumento, están
revelando su arrogancia.
La
idea que un ser humano se puede comparar con Dios es la altura de la
arrogancia. Nosotros no tenemos autoridad para juzgar como Cristo
tenia, porque no tenemos la capacidad de juzgar con juicio perfecto
como Dios. Cristo perdonó pecados, ¿es licito para me andar
perdonando los pecados de otros? Dios destruye a los pecadores, ¿es
lícito para mí destruir a otros que pecan?
Por supuesto que no, porque ese es un derecho que Dios ha reservado
para Si Mismo, y nadie más puede asumir ese papel:
“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír,
tardo para hablar, tardo para airarse, porque
la ira del hombre no obra la justicia de
Dios.”
(Santiago 1:19).
Es
verdad que Dios nos ha dado cierta autoridad para juzgar. Como
padres tenemos la autoridad, bien el deber, para juzgar el
comportamiento de nuestros hijos y de
“…criadlos en la disciplina e instrucción del Señor.”
(Ef. 6:4). Pero con esa autoridad también puso limites:
“no provoquéis a ira a vuestros hijos…”
y
“Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se
desalienten."
(Col. 3:21), y también,
“Corrige a tu hijo mientras hay esperanza, pero no desee tu alma
causarle la muerte.”
(Prov. 19:18).
Los maridos también tienen autoridad sobres sus mujeres,
“y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre
ti.”
(Gen. 3:16), y,
“Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza
de la iglesia...”
(Ef. 5:23). Pero también allí Dios ha impuesto limites:
“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia
y se dio a sí mismo por ella.”
(Ef. 5:25). Y el apóstol Pedro dijo,
“Y vosotros, maridos, igualmente, vivid de manera comprensiva con
vuestras mujeres, como con un vaso más frágil, puesto que es mujer,
dándole honor como a coheredera de la gracia de la vida”
(1 Pedro 3:7).
A
los ancianos de la iglesia, Dios ha dado autoridad para juzgar a la
congregación,
“Pues qué, ¿no hay entre vosotros ni uno solo que sea sabio para
poder juzgar entre sus hermanos?”
(1 Cor. 6:5). Pero ellos también tienen limites impuestos por Dios,
“No sean tiranos con los que están a su cuidado, sino sean ejemplos
para el rebaño.”
(1 Pedro 5:3).
Por tanto, aunque tenemos cierta autoridad para juzgar y ejercitar
dominio con disciplina, esto en ninguna manera justifica el uso de
la ira para aterrorizar, ni el uso de violencia para subyugar. Me
refiero a explosiones de enojo.
Algunas personas tienen muy poco control sobre su enojo y tienden ha
explotar en irrupciones de furia.
Esta clase de enojo colérico puede conducir a la violencia o al
abuso físico. El tipo de personas que se disparan en ataques de ira
tienen muy poca estima propia, y usan su enojo como un medio de
manipular a otros y sentirse poderosos. (Cuando dijo violencia,
quiero decir el uso incontrolado de golpes físicos que causan
injuria, y posiblemente dejan cicatrices o requieren atención
médica. Y no me refirió al uso de la vara con amor firme, que los
padres a veces necesitan usar (Proverbios 29:l5).
El
hombre que necesita usar la ira o la violencia para controlar a
otros carece en algo como varón, ya sea como un modelo de respeto, o
en su ejemplo de practicar lo que demanda de otros. Si una cosa
pequeña tiene el poder de hacerle enojar, ¿no indica eso algo de su
tamaño? Las personas más alteradas que he encontrado eran gente que
sabía que estaban mal. Además, berrinches de temperamento, por más
divertidos que sean para tirar, raramente solucionan el problema que
los causo.
Una mujer también puede ser persona iracunda, sin la habilidad de
controlar sus emociones, y así demandando de otros lo que no es
capaz de hacer ella misma. El “machismo” no es sólo una deficiencia
de los hombres, sino que las mujeres también pueden ser bastante
abusivas en su ira. En verdad, cada uno de nosotros tiene esta
predisposición abusiva, pero no debemos dar morada a tal emoción en
nuestro corazón.
La
Biblia dice,
“Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni
deis lugar al diablo.”
(Efesios 4:26). El
enojo debe ser una emoción ligera, y luego olvidada; de un momento
al otro. Así como los niños que se enojan un momento y algremente
se rien el otro. Cuando dejamos que el enojo more en nuestros
corazones por mucho tiempo, entonces se convierte en resentimiento y
odio pronunciado, y esto entonces permite a Satanás que plante su
semilla de la ira en nuestros espíritus.
Y
la ira ya concebida entonces nos domina completamente, y morara
siempre en nuestros corazones esperando la oportunidad para
revelarse otra vez. El enojo nunca se desaparece mientras que
pensamientos de rencor sean acariciados en nuestras mentes. El
enojo se va tan pronto que los pensamientos de rencor se olviden.
La
ira no es, como algunos argumentan, una emoción natural que Dios nos
concedió para usar en las relaciones con uno y otro. La ira es un
pecado maligno que destruye esas relaciones y causa daño, no sólo a
las victimas, sino también al culpable:
“El hombre de gran ira llevará el castigo, porque si tú lo rescatas,
tendrás que hacerlo de nuevo.”
(Proverbios 19:19).
La
ira destruye el amor entre personas, y cría la discordia dondequiera
que habita. Las noticias nacionales siempre contienen reportes de
muertes causadas por la ira – niños igual que adultos. Las personas
que lo causan siempre están contritas y penitentes que sucedió, pero
eso no puede devolver de la muerte al niño, o la esposa, o el hijo,
o el vecino que murió traumáticamente a golpes por la ira
descontrolada.
Los
médicos descubren cada día nuevas dolencias que se asocian con esta
emoción mala – dolores de cabeza, problemas de digestión, tales como
dolor abdominal, insomnio, aumento de ansiedad, depresión, alta
presión arterial, problemas de la piel, como eczema, ataques
cardiacos, derrames cerebrales, etc.
Muchos divorcios son el resultado de conflictos causados por la
ira. Los niños que son criados en un ambiente iracundo siempre
desarrollan complejos de inferioridad, complejos nerviosos,
tendencias sádicas, o algún otro trastorno que impide su función
normal dentro de la sociedad.
La
violencia causada por la ira viene en muchas formas – pistolas,
puños, y palabras de odio y desprecio. Las estadísticas son
reveladoras. El Centro Nacional para los
Niños Expuestos a la Violencia (http://www.nccev.org/)
declara que, “Aproximadamente 4 millones de adolescentes han sido
victimas de un asalto físico grave, y 9 millones han sido testigos
de la violencia seria durante sus vidas.” El Centro también
declara que, “Los EE.UU. tiene las
normas más altas de homicidios de niños, el suicidio y muertes
relacionadas con las armas de fuego entre los países
industrializados.”
La
ira se también se revela en la venganza, y los dichos “él
que me la hace me la paga,” o
“yo no me enojo; me emparejo” han sido las causas de muchos
homicidios y peleas sangrientas entre muchas familias, vecinos,
razas y aun naciones. La Palabra de Dios nos amonesta,
“Pero ahora desechad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo,
malicia, maledicencia...”
(Colosenses 3:8).
Otros responden al enojo con enojo y así causa un clima de
“...amargura,
enojo, ira, gritos…así como toda malicia.”
(Efesios
4:31). El ámbito creado por la ira entristece o
lastima al Espíritu Santo de Dios, y por consiguiente, no puede
morar en tal ambiente.
La
persona afligida con la ira no puede controlar sus acciones y
produce un espacio diabólico alrededor de él. El enojo incontrolado
es una cosa mortífera: mata al individuo que se enoja, porque cada
cólera le deja menos de lo que era antes – usurpa algo de su ser.
Considere cuanto más usted a menudo sufre de su propio enojo
y dolor, que lo que sufre de esas mismas cosas por las cuales está
enojado y doliendo. El enojo es como tomar veneno y esperar que la
otra persona se muera. El dicho es bien exacto: “El que te hace
enojar te vence.”
Es
de suma importancia que entienda que la ira procede de una actitud
juzgadora. La persona iracunda se pone como juez de otros, y se
irrita cuando su juicio determina que otros no están procediendo
según el propósito de su corazón. Esta persona espera que otros
vivan para su propia felicidad; que otros vivan para agradarle.
Esta persona espera que todo el mundo sacrifique sus deseos y
preferencias por los suyos; que otros vivan para ser aceptados por
él o ella.
Estos son de quien habla la Biblia cuando dice,
“Hermanos, no habléis mal los unos de los otros. El que habla mal
de un hermano o juzga a su hermano, habla mal de la ley y juzga a la
ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres cumplidor de la ley, sino
juez de ella. Sólo hay un dador de la ley y juez, que es poderoso
para salvar y para destruir; pero tú, ¿quién eres que juzgas a tu
prójimo?”
(Santiago 4:11), y nos amonesta diciendo,
“Porque el juicio será sin misericordia para el que no ha mostrado
misericordia;
la misericordia triunfa sobre el juicio.”
(Santiago 2:13).
Dios jamás nos permitirá entrar al Paraíso con esa actitud. Si no
hacemos algo por nosotros mismos, Dios criara los medios, por más
doloroso que sea, para obligarnos ha abandonar esta actitud
perversa. Nunca nos dejara solos, mientras que seamos participantes
de Su Santo Espíritu, y de la Naturaleza Divina. La Deidad no puede
tolerar tal comportamiento de sus participantes. Si queremos morar
en el cielo con la Naturaleza Divina, entonces seremos
transformados, y no hay otra salida; ningún “pero” – es todo o nada.
La
única manera de vencer este vicio es de plenamente comprender que
Dios ha enteramente perdonado sus ofensas – entonces y sólo entonces
puede usted perdonar a otros las ofensas y transgresiones contra
usted. Si usted puede aprender ha perdonar a otros, entonces será
menos probable que perderá su paciencia cada vez que alguien le
ofende de alguna manera.
La Biblia
dice que,
“El lento para la ira tiene gran prudencia, pero el que es irascible
ensalza la necedad.”
(Proverbios 14:29). El Espíritu de Dios
nos está diciendo que aquellos que no son lentos para la ira no
están produciendo la justicia de Dios en sus vidas. Dice que los
que son impulsivos y que pierden la paciencia fácil y aceleradamente
son necios y exaltan la “necedad.” La palabra “necedad”
quiere decir “una falta de entendimiento y conducta racional –
insensatez o locura.”
En otras
palabras, en los ojos de Dios, usted esta demostrando la locura y
una falta total de comprensión sobre lo que esta perdiendo su
paciencia. Se está revelando como un necio e idiota completo ambos
a Dios y a otros humanos con las cosas insignificantes e insensatas
por las cuales pierde su paciencia. La mayoría del tiempo la gente
no se reí con usted – se ríen de usted.
El
pecado verdadero no está en sentir el enojo, sino en como tratamos
con él. Si permitimos que el enojo se haga explosivo y violento,
entonces practicamos el mismo mal que fue hecho a nosotros, y nos
hacemos tan culpables como aquellos con quien nos enojamos.
Nosotros podemos convertir nuestro enojo en oración, que en cambio
puede cambiar las cosas que vemos que están mal.
Reconociendo y admitiendo su propio enojo egoísta y que el mal
manejo de su enojo es pecado es muy importante en vencer este vicio
bien pecaminoso,
“El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y
se aparta de ellos alcanzará misericordia.”
(Proverbios 28:13).
La
confesión debe ser hecha ambos a Dios y aquellos que han sido
lastimados por nuestra ira. Ni tampoco debemos minimizar ese pecado
con decir que “se me volaron el otro día” o tratar de cambiar
la culpa: “pues si usted no se hubiera portado como lo hizo…”
Entonces necesita constantemente meditar en los ejemplos que Dios
dejo registrado en Su Palabra para nosotros aprender como
comportarnos en tiempos difíciles. Quisiera que usted notara
algunos ejemplos de lo que significa ser libre de la ira.
David
El
ejemplo que viene a mente es del gran guerrero David. David era
grandemente odiado por el rey Saúl, quien estaba obsesionado con
destruir a David a todo costo. David, aunque inocente de las
acusaciones atribuidas a él por el rey, era un sujeto leal al rey,
pero como quiera tuvo que huir como criminal y ladrón, escondiéndose
en las cuevas del desierto, como un animal huyendo por su vida.
David sufrió mucho durante ese tiempo, cortado de sus queridos por
muchos años, nunca pudiendo descansar, siempre mirando para atrás
por encima de su hombro, por así decirlo, asustado y abatido como
un venado perseguido por los perros del cazador. Cualquier hombre
hubiera formado una actitud amarga y vengativa por la injusticia con
que tuvo él que vivir – pero David no se portó así. Cuando David
tuvo la oportunidad de vengarse contra su enemigo y atormentador,
no lo hizo.
En
I Samuel, capitulo 24, tenemos la narrativa de una ocasión cuando
Saúl y su ejecito andaban persiguiendo a David y los hombres que se
habían unido a él. Saúl entro en una cueva para descansar la noche,
y toco que ¡David y sus hombres estaban escondidos en un rincón de
esa misma cueva! Durante la noche, David se acerco a escondidas al
rey dormido y corto un pedazo de su manto. Muy fácil pudiera habido
cortado su garganta, pero no lo hizo.
Aun cuando los hombres con él dijeron,
“Mira,
este es el día del que te habló el SEÑOR: ‘He aquí, voy a entregar a
tu enemigo en tu mano, y harás con él como bien te parezca.”
(v. 4), David no lo hizo, y ¡aun se sintió culpable por haber
cortado el manto del rey! La ira al haber sido atormentado y
perseguido por este hombre, que ahora estaba indefensamente echado
ante él, hubiera dominado a cualquier humano, pero no a David.
En lugar David dijo,
“Juzgue
el SEÑOR entre tú y yo y que el SEÑOR me vengue de ti, pero mi mano
no será contra ti. Como dice el proverbio de los antiguos: ‘De los
malos procede la maldad’, pero mi mano no será contra ti. ¿Tras
quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues? ¿A un perro
muerto? ¿A una pulga? Sea el SEÑOR juez y decida entre tú y yo;
que El vea y defienda mi causa y me libre de tu mano.”
(v. 12-15).
Cuando el rey Saúl oyó
estas palabras del inocente David, quien tuvo la oportunidad de
asesinarlo y no lo hizo,
“Entonces
Saúl alzó su voz y lloró.”
(v.
16). ¡Este es un ejemplo magnífico del espíritu generoso y del
corazón del campeón!
Este ejemplo nos
recuerda de las palabras del apóstol Pablo,
“Amados,
nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios,
porque escrito está: MIA ES LA VENGANZA, YO
PAGARE, dice el Señor. PERO SI TU
ENEMIGO TIENE HAMBRE, DALE DE COMER; Y SI TIENE SED, DALE DE BEBER,
PORQUE HACIENDO ESTO, CARBONES ENCENDIDOS AMONTONARAS SOBRE SU
CABEZA. No seas vencido por el mal, sino vence con el bien
el mal.”
(Romanos 12: 19-21).
Y
todos sabemos la conclusión final de esta historia: David marcho
adelante y se hizo el más grande y poderoso rey en la historia del
pueblo de Dios, sino en la historia de la humanidad. Y Saúl murió
la muerte de un cobarde, cometiendo suicidio.
José
No
podemos, igualmente, ignorar el ejemplo de José, quien sufrió mucho
a las manos de sus propios hermanos. Sus hermanos lo envidiaban
grandemente y
“lo
odiaban y no podían hablarle amistosamente.”
(Génesis 37:4). Tanto era su envidia que tramaron matarle,
“Ahora
pues, venid, matémoslo y arrojémoslo a uno de los pozos; y diremos:
"Una fiera lo devoró...”
(v. 20). Y aunque no lo hicieron, como quiera tuvieron el corazón
malvado de venderlo como esclavo.
José fue llevado a Egipto y estuvo mucho tiempo en la prisión.
¿Puede imaginarse lo que el joven asustado estaría pensando mientras
marchaba en cadenas por el desierto, no sabiendo su destino? ¿Se
imagina el dolor de este jovencito que jamás había estado fuera del
soporte de su padre, que estaba impuesto al mejor tratamiento que un
hijo puede gustar?
Y
ahora tener que aguantar ser encarcelado como criminal por tanto
tiempo, con reos actuales. Todos sabemos cuan terrible puede ser el
ambiente de la prisión, pero en esos días debería haber sido cien
veces peor, siendo que los encarcelados en esas prisiones no tenían
alguna esperanza de libertad, y también el hecho que los derechos
humanos no existían como hoy.
Los otros prisioneros estaban allí porque lo merecían, pero José era
un pobre joven inocente. ¿Puede imaginarse la desolación que debe
haber sentido, no poder ver a su padre, ni a su hermano Benjamín, a
quien tanto amaba; la desesperación de nunca conocer la libertad
otra vez, y jamás tener la dicha de contemplar los rostros de esos
queridos?
Esa desesperación y angustia fácilmente podría haberse convertido en
odio rencoroso con el tiempo, teniendo tanto tiempo de meditar sobre
lo que sus propios hermanos hicieron con él. Y su rabia podría
haber aumentado cada día que despertaba en ese ambiente horrible,
soñando cada día como vengarse contra sus hermanos, quienes lo
hicieron pasar por ese sufrimiento infernal. Pero no fue así.
José nunca sintió el enojo ni la venganza hacia sus hermanos, pero
completamente a lo contrario. Cuando José vio a sus hermanos
culpables otra vez, dice la Biblia que,
“lloró
tan fuerte que lo oyeron los egipcios, y la casa de Faraón se enteró...”
(Génesis 45:2), y dijo,
“Ahora
pues, no os entristezcáis ni os pese el haberme vendido aquí; pues
para preservar vidas me envió Dios delante de vosotros.”
(v. 5). José sabía que Dios había usado a sus hermanos para
traerlo a esa posición, y usarlo como un instrumento de vida para
muchos. Él sabia que al enojarse contra sus hermanos, estaba
verdaderamente enojándose contra Dios, quien produjo el evento.
De
la misma manera, cuando nosotros nos enojamos y nos encendemos
cuando otros nos tratan injustamente, o porque las cosas no proceden
de acuerdo a nuestra satisfacción, debemos pensar, “¿Está la mano
de Dios en todo esto, obrando para un propósito bendecido en mi
vida?” Cuando nos enojamos y nos irritamos, muy bien podemos
estar resistiendo la Voluntad de Dios.
Siempre debemos recordar el amor que nuestro Señor exhibió cuando
fue maltratado,
“quien
cuando le ultrajaban, no respondía ultrajando; cuando padecía, no
amenazaba, sino que se encomendaba a Aquel que juzga con justicia.”
(l Pedro
2:23). Y cuando estaba en la cruz sufriendo los dolores de una
muerte horrible, y por aquellos a quien vino a salvar, dijo,
“Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
(Lucas 23:34).
Cristo nos dejo el ejemplo y nos advirtió diciendo,
“No
juzguéis para que no seáis juzgados.”
(Mateo 7:1). Es imposible entrar en comunión con Dios cuando
estamos en un temperamento juzgador; nos hacemos duros y vengativos
y crueles, y nos otorgamos solos el estado favorable de ser
superior. Debemos cuidarnos de cualquier cosa que nos pone en una
posición superior – es seña de soberbia.
Aunque lo crea o no, el enojo es una decisión que nosotros hacemos.
Este es un veneno que escogemos tomar. Y todavía peor, algunos de
nosotros nos hacemos adictos al enojo violento, y rehusamos dejarlo
ir. Esto es porque el enojo explosivo nos da un sentido de poder y
fuerza. Esto es una mentira con que nos engaña. Cuando una persona
está adicta al enojo, verdaderamente se hacen adictos al sentido
temporal de poder, y fuerza que reciben.
Cuando una persona está bien enojada, a menudo siente que
indiscutiblemente está bien y todos los demás están mal. Un sentido
falso de decisión es creado. Por consiguiente, se hace más fácil
tomar acción (aunque la acción casi siempre está errada). No
obstante, la pasión o entusiasmo que el individuo saca del enojo es
artificial, un substituto por fuerza verdadera. Después de que el
enojo pasa, y las consecuencias del enojo se hacen obvias, la
persona usualmente se siente débil y agotada. A menudo hay
considerable pesar por las palabras o la acción hecha
insensatamente.
El
Espíritu Santo es la única Persona que propiamente está en la
posición de criticar; sólo Él puede informar cual es el mal sin
lastimar o herir. No hay manera de escapar la penetración de la
Deidad. Si yo miro la paja en tu ojo, quiere decir que yo tengo un
barrote en el mió. Todo mal que yo miro en ti, Dios localiza en
mi. Cada vez que juzgo, me condeno solo.
Por eso es muy importante dejar de traer una vara de medir para
otras personas. Todo el tiempo hay un acto condenable que Dios ve,
que nosotros no vemos – el nuestro. La primera cosa que Dios hace
es de darnos una limpieza de primavera; hasta que no haya alguna
posibilidad del orgullo en nosotros después. Entonces estaremos
listos para ascender al siguiente nivel espiritual.
“Mejor es el lento para la ira que el poderoso, y el que domina su
espíritu que el que toma una ciudad.”
(Proverbios
16:32).
“Cualquiera que se toma a si mismo demasiado en serio corre el
peligro de verse ridículo; cualquiera que consistentemente se reí de
si mismo no corre ese peligro.”
(Vaclav Havel,
Dramaturgo checo y el Presidente de Checoslovaquia
(1989-92)
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