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La memoria a menudo es sierva del desaliento, en lugar del ánimo.
Mentes desesperadas llaman al recuerdo todo presentimiento sombrío
del pasado, y cada fachada triste del presente. La memoria está de
pie como una criada, vestida con tela de costal, presentando a su
amo una copa de mezcla de hiel y ajenjo. Como Mercurio, se da
prisa, con talón alado, para recoger espinas frescas con que llenar
la almohada intranquila, y para ligar varas frescas con que azotar
el ya ensangrentado corazón.
Sin embargo, no hay necesidad de esto. La sabiduría puede
transformar la memoria en un ángel de consuelo, si la usamos
correctamente. La misma memoria que en su mano izquierda nos puede
traer muchos pronósticos negros y melancólicos, puede ser entrenada
a traer en su mano derecha riquezas de señas de esperanza.
En el texto tenemos un ejemplo de como usar la memoria correctamente
– Jeremías se quedo sin otra opción.
Cuando el pueblo de Dios fue llevado al cautiverio, y Jerusalén
quedo desolada, Jeremías se siento y lloró. Con una mente
profundamente afligida, Jeremías lamentó con suspiros y gemidos la
desgracia de su gente, y las atrocidades que se hicieron en esos
últimos días en Jerusalén.
En Lamentaciones 3:17 dice,
“y mi alma ha sido privada de la paz, he olvidado la felicidad.
Digo, pues: Ha perecido mi vigor, y mi esperanza que venia del
Señor.”
Jeremías habla de las tristezas de uno que ha experimentado la
aflicción, que ha sufrido la vara del Señor y se halla desconsolado
y quebrantado. Pero éste profeta recibe ánimo para la esperanza en
recordar ciertas cosas.
Observe que el texto registra un acto de memoria de parte de
Jeremías,
“Esto traigo a mi corazón, por esto tengo esperanza.”
(v.21). En el versículo anterior nos dice que la memoria lo llevó a
la desesperación,
“Ciertamente lo recuerda y se abate mi alma dentro de mi.”
(V.20). Ahora esa misma memoria lo hizo volver a la vida y a la
esperanza de nuevo.
Como todos los valientes de Dios, Jeremías tuvo que esforzarse para
traer a la memoria ciertas cosas que convirtieron su desesperación
en esperanza. Aunque las cosas de su ambiente no cambiaron, todavía
así la misma memoria lo llevo a la vida y el consuelo de nuevo, y
dijo,
“Esto traigo a mi corazón, por esto tengo esperanza.”
Establecemos, pues, como un principio general, que si ejerceríamos
nuestras memorias un poco más, en nuestra aflicción más insondable y
más oscura, encenderíamos un fósforo, que instantáneamente
inflamaría la lámpara de consuelo en nuestros corazones.
No hay necesidad para que Dios haga alguna cosa nueva o
sobresaliente, no hay necesidad de milagros y visiones, en orden
para restaurar el gozo de los creyentes. Si sólo rastreaban
piadosamente las cenizas del pasado, encontrarían luz para el
presente; si voltearían al libro de verdad y al trono de gracia, su
vela resplandecería pronto como antes.
Entiende esto, cristiano o cristiana, y entiéndelo bien: El
conflicto no es una situación extraña para un heredero de gloria:
“Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que en medio de
vosotros ha venido para probaros, como si alguna cosa extraña os
estuviera aconteciendo.”
(1 Pedro 4:12).
El cristiano raramente está tranquilo por mucho tiempo; el creyente
en Cristo Jesús con mucha tribulación hereda el reino:
“Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el
reino de Dios.”
(Hechos 14:22).
Nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra
“principados, potestades y poderes de este mundo de tinieblas,
contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.”
(Efesios
6:12). Así que nunca mire usted el conflicto como desastre, sino
como un ejercicio y prueba de su fe.
Con esto en mente, veremos ahora lo que el profeta Jeremías
recuerda:
“Es por las misericordias del SEÑOR que no somos consumidos, porque
nunca decayeron sus misericordias.”
(v.22). Este es un comienzo muy bajo ciertamente. El consuelo no
es muy grande, pero cuando un hombre muy débil está al fondo de la
pirámide, si acaso podrá levantarse para subir, no debemos poner un
paso largo al principio; sino un paso pequeño por primera vez, y
cuando reciba más fortaleza entonces podrá tomar un paso más grande.
Ahora, considera, hijo o hija de la tristeza, donde podrías estar.
Mira ahora hacia abajo, por los portales
sombríos de la tumba a ese reino de tinieblas, que es el valle de la
sombra de muerte, lleno de confusión y desorden. ¿Puedes discernir
el ruido como de almas apuradas para allá y para acá, de la multitud
de espíritus condenados y atormentados? ¿Oyes sus gemidos dolorosos
y su temeroso crujido de dientes?
Estos están para siempre, eternamente y
perpetuamente excluidos de la presencia de Dios, encerrados con
los demonios y en la desesperación. Dios los ha echado fuera de su
presencia, y ha pronunciado Su maldición sobre ellos, designándolos
a la negrura de la oscuridad por toda la eternidad. Este podría
haber sido tu destino. Contrasta tu presente condición con la de
ellos, y tienes razón más bien de cantar que lamentar.
Dios te está dando tiempo para que corrijas tu vida. Cada día que
vives es otra oportunidad para que hagas algo para reparar el mal
que hiciste ayer. Dios, en su misericordia, te ha concedido vida
para que te hagas una persona mejor. Eso sólo debe hacerte
recapacitar y hacer lo mejor de cada momento de tu existencia.
Cristiano o cristiana, no estás en la tumba ni has sido echado o
echada en el infierno, así que esfuérzate, levántate, come, porque
es muy largo el camino para ti. Es por la misericordia de Dios que
no has sido consumido o consumida. Dios se está manifestando en tu
interior por la vida misma.
Recuerda que donde Dios no obra el organismo muere.
Tú tienes vida, y esa es la manifestación de Dios en ti. Deja de
buscar a Dios en espectáculos y en actos sensacionales, sino aprende
a ver a Dios en las cosas pequeñas de cada día. Cada vez que te
levantas por la mañana es prueba de que Dios no te ha abandonado.
Levántate, cristiano o cristiana, mira por la ventana y veras que
los pájaros todavía cantan, las flores todavía crecen y la tierra
todavía se empapa con el rocío de la mañana. Aprende a ver a Dios
en todas esas cosas. Levántate, anda y siéntate debajo de los
árboles y siente el susurro del
vientecillo apacible que pasa por sus
ramas. Esa es la presencia de Dios.
Dadle gracias a Dios por esa brisa agradable, por la vida que
manifiesta todo alrededor de ti. Dios no te ha dejado ni te ha
desamparado, eres tú quien has fallado en ver la gloria de Dios. No
maldigas al Dador de tu vida, ni tientes al Señor de tu alma, sino
levántate y alaba a Dios, di a voz alta, Es por la misericordia
de Dios que no he sido consumido o consumida, porque nunca decayeron
sus misericordias.
Pero, algo mejor nos espera, porque Jeremías nos recuerda que hay
ciertas misericordias que continúan:
“pues nunca fallan sus bondades; son nuevas cada mañana; ¡grande es
tu fidelidad!”
(v.23). La benignidad y la benevolencia de Dios para con nosotros
es continua, cada día recibimos la providencia de Dios, pero
fallamos en reconocerlo.
La providencia de Dios se manifiesta por medio del pan de cada día,
el agua que bebemos, la sanidad de nuestras enfermedades, por medio
de los trabajos que proveen sostenimiento para nuestra familia, por
medio de la protección que tomamos por hecho, la lluvia que riega
los campos de agricultura, el sol que calienta nuestros huesos, y
muchas otras maneras, pero hemos ignorado la bondad de Dios y hemos
tomado por hecho Su fidelidad hacia nosotros.
¿Estás pobre y andas buscando riqueza? Te invito que vayas a un
hospital y observes las operaciones que se llevan a cabo allí;
siéntate junto a la cama de un enfermo y oye la historia de dolor y
aflicción. ¿Estás enfermo o enferma y a rastras cumples con tus
obligaciones? ¿No sabias que no pasa un día sin que alguien muera
de hambre en el mundo, en otros países, que hay niños en este mundo
que se acuestan por la noche con dolores de estomago por el hambre
que sienten?
Mala tu situación será, pero hay otros en todavía peores condiciones
que las tuyas. Siempre puedes, si abres tus ojos y escoges hacerlo,
ver por lo menos causa de agradecimiento que no has sido sumergido o
sumergida en todavía más baja profundidad de miseria.
Levántate, cristiano o cristiana, Levántate. No recibas la
providencia de Dios en vano. No seas como la tierra que bebe la
lluvia que con frecuencia cae sobre ella y, sin embargo, produce
espinos y abrojos. ¿Para que has de traer la ira de Dios contra
ti?
Enderézate, camina con los ojos abiertos, aprende a discernir la
mano de Dios en todo lo que haces. Aún cuando seas conducido o
conducida a la situación más extrema, con todo eso honra a Dios,
agradece que sus bondades no fallan, sino son nuevas cada mañana.
Este tampoco es un paso muy alto, pero es un paso más avanzado que
el primero, y hasta el más débil podrá fácil alcanzarlo.
Pero sigamos adelante, porque Jeremías nos ofrece todavía otra
fuente de consuelo:
“El Señor es mi porción – dice mi alma – por eso en El espero.”
(v.24). Has perdido mucho, cristiano o cristiana, pero no has
perdido tu porción. Tu Dios es la suma total de lo que eres; por
consiguiente, si has perdido todo, pero todavía tienes a Dios, aún
tienes la integridad de tu porción, puesto que Dios es todo.
El texto no dice que Dios es parte de nuestra
porción, sino toda la porción de nuestro espíritu – en
El tenemos todas las riquezas de nuestro corazón concentradas.
¿Como podemos estar desconsolados cuando nuestro Padre vive aun?
¿Como podemos ser desposeídos cuando nuestro tesoro está en lo alto?
¿Que haces allí, cristiano o cristiana, recluido o recluida en la
cueva de tu descontento? Levántate, alza tus ojos al cielo porque
tu socorro viene de Dios, que hizo el cielo y la tierra. Regocíjate
en tu porción aún cuando las comodidades externas te fallan.
Levanta tu cabeza, hijo o hija de la tristeza, porque aun tienes tu
porción. El es tu sol y tu resplandor, de El recibes tu valor, no
te olvides del precio inestimable que pago por tu rescate.
¿Como puedes sentarte y llorar, porque tú vela terrenal se ha
extinguido, cuando el sol de tu alma todavía brilla? Si Dios es tu
porción, y pierdes un poco de comodidad terrenal, no lamentes porque
tu comodidad celestial permanece aun. Enjuga tus lágrimas,
cristiano o cristiana, regocijarte aún en tu angustia más profunda,
porque el Señor es tu posesión segura, tu herencia perpetua de
gozo.
Ahora hemos avanzado a un grado de esperanza, pero hay otros pasos
que ascender. Jeremías nos recuerda de otra avenida de consuelo:
“Bueno es el Señor para los que en El esperan, para el alma que le
busca.”
(v.25). Que nunca nos castigue tan duro, aún así, si podemos
mantener la posición celestial de oración podemos descansar seguros
que volverá de golpes a caricias todavía.
Alma afligida, ¿estás triste y decaída? ¿Te sientes indigno,
cristiano? ¿Has sentido las abofeteadas de Satanás que te acusa por
tus indiscreciones? El Señor es bueno para los que le buscan.
Aprende de David, alma indigna:
“Mientras calle mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir todo
el día. Te manifesté mi pecado, y no encubrí mi iniquidad. Dije:
Confesaré mis transgresiones al Señor; y tú perdonaste la culpa de
mi pecado. Por eso, que todo santo ore a ti en el tiempo en que
puedes ser hallado.”
(Salmos 32:3-6).
Así que, alma herida, levántate, acércate con confianza al trono de
gracia y toca porque Él da liberalmente y no reprocha. A todos los
que en Él esperan y le buscan con corazón contrito, Dios recibe con
manos abiertas. Miles son los que se han acercado a su puerta y
ninguno ha sido recibido con desdén. Acércate a Dios, cristiano o
cristiana, y Él se acercara a ti.
Dios está próximo a cada uno de nosotros cada momento, de cada día,
pero nosotros fallamos en discernir Su presencia. Levántate, amado
o amada de Dios, hay esperanza para ti porque tienes permiso de Dios
para orar cuando has fallado, el trono de misericordia está abierto
para ti, allí puedes retirarte cuando estás abatido o abatida.
Muchos son los dolores del impío, pero al que confía en el Señor, la
misericordia lo rodeará. Alégrate en el Señor, cristiano o
cristiana, y regocíjate alma justa, da voces de jubilo, todos los
rectos de corazón.
Estamos entrando en aguas más profundas de gozo, pero tomemos otro
paso, porque esta vez obtendremos más grande consolación – del hecho
que es bueno ser afligidos:
“Bueno es para el hombre llevar el yugo en su juventud.”
(v.27. Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo,
sino de tristeza, sin embargo, a los que han sido ejercitados por
medio de ella, les da después fruto apacible de justicia.
Cristiano o cristiana, sepa usted ciertísimamente que nunca ha
habido una persona de fe, que no haya sido probada. No te olvides
de la exhortación, que como a hijos nos ha dirigido:
“Hijo mío, no tengas en poco la disciplina del Señor, ni te
desanimes al ser reprendido por El.”
(Hebreos 12:5). A todo a quien Dios ama lo disciplina para su bien,
para que participe de Su santidad.
David dijo:
“Bueno me es haber sido afligido, para que aprenda tus estatutos.”
(Salmos 119:71). Deja que esta verdad se grabe profundamente en tu
corazón, porque los héroes más grandes de la Biblia eran personas
experimentadas en la tristeza y el dolor. Aún el Señor era varón de
dolores y experimentado en la aflicción, despreciado y desechado por
los hombres, a quien ellos no estimaron. Considérate privilegiado o
privilegiada en ser contado o contada entre tal compañía. Muchos
son los que quisieran ser contados dignos de la confianza de Dios,
pero no todos son capaces de soportar esta cruz.
No tengas miedo descender al pozo de la aflicción porque por esa
misma ruta descubrieron los héroes grandes de Dios la mina de oro de
la experiencia espiritual. No llores si el sol de tu
prosperidad desciende, porque en la oscuridad de tu adversidad
podrás mejor apreciar las promesas estrelladas, con las que Dios, en
su fidelidad, se ha complacido enjoyar el cielo.
Tenlo por sumo gozo cuando te halles en diversas pruebas, porque la
paciencia, la madurez y la comprensión de cosas divinas se
desarrolla por medio de la aflicción. Una nave no se prueba
servible hasta que haya sido expuesta a las tempestades impetuosas
del mar. De igual manera Dios necesita probar a todo siervo o
sierva que utilizará en el reino.
Levántate ahora, cristiano o cristiano, sé firme y valiente, no
desprecies la confianza que Dios ha puesto en ti. Si Dios te ha
honrado con la prueba de la tribulación es porque tiene planes para
ti. Levántate ya, escogido o escogida de Dios, come, esfuérzate
porque queda un camino muy largo para ti. Mira hacia atrás y
recuerda cuanto has avanzado; es por la mano de Dios que has llegado
hasta este punto, es el Señor quien preparo el camino para ti y Él
es quien te llevara el resto del camino; no dejes que Satanás te
defraude de tu corona.
Aprende a ver la mano de Dios aún en tus tiempos de angustia porque
Dios es fiel y Él acabara la obra que comenzó en ti, nunca te dejara
ni jamás te abandonara. El te hará la persona que todo el tiempo
sabia que eras, aún cuando tu no lo sabias. El te hará competente y
servible. Consuélate con los resultados benéficos y dadle gracias a
Dios por su mano tierna que te ha sacado triunfante de todas tus
experiencias.
Un paso más, y ciertamente tendremos un bien fundamento para
regocijarnos. Jeremías nos recuerda que estas tribulaciones no
continúan para siempre. Cuando hayan producido el resultado
apropiado vendrá el alivio de la mano de Dios,
“Porque no rechaza para siempre el Señor, antes bien, si aflige,
también se compadecerá según su gran misericordia.”
(v.31).
¿Quien te dijo, cristiano o cristiana, que la noche nunca terminaría
en día? ¿Quien te dijo que el mar se secaría hasta dejar un enorme
surco de lodo y arena? ¿Quien te dijo que el invierno procedería de
helada a helada, de nieve, y hielo, y granizo, a nieve más profunda,
y aún más tempestad fuerte? ¿Quien te dijo todo esto, amado o amada
de Dios? ¿No sabes que el día siempre sigue a la noche, que después
de la sequedad viene la torrente y que la primavera todo el tiempo
sigue al invierno? ¡Esto también pasará, estimado o estimada de
Dios!
¡Espera pues ahora, hijo o hija de Dios, espera siempre! Nunca
pierdas la esperanza. Dios no te fallara. ¿No sabes que tu Dios te
ama en medio de todo esto? Las montañas, cuando están escondidas
por la oscuridad de la noche, son tan real como lo son en el día, y
el amor de Dios es tan verdadero en los tiempos oscuros como lo es
en los tiempos más resplandecientes.
Ningún padre castiga para siempre;
él
odia la vara tanto como tu; solamente desea usarla para la razón que
debe hacerte dispuesto o dispuesta a recibirla, es saber, lo que
obra para tu bien duradero.
Levántate pues, cristiano o cristiana, porque tu también, como el
profeta Elías,
subirás la escalera de Jacob con los ángeles, y allí veras el rostro
de Aquel que está sentado a la cumbre de ella
– tu Dios del convenio. Algún
día, entre los esplendores de la eternidad, te olvidarás de las
pruebas del tiempo, y sólo las recordaras para alabar al Dios que te
guió por medio de ellas, y obró tu bien duradero.
Levántate, hijo o hija de Dios, no te quedes allí caído o caída; no
te escondas de la lucha; no huyas delante de tus enemigos; nunca te
rindas, no dejes que las evidencias de este mundo te engañen, nunca
pares de seguir tratando, nunca te sucumbes hasta que puedas ver a
tu querido Redentor cara a cara. Deja que ésta sea tu esperanza y
tu fuerza – disfruta de Su presencia
siempre.
¡Levántate, canta en tu lecho! ¡Regocíjate entre las llamas! Has
que el desierto repique con tu alegría exultante, porque estas
aflicciones momentáneas pronto pasaran, y entonces,
Para siempre con el Señor,
tu gozo nunca se marchitara.
El SEÑOR está por mí; no temeré. ¿Que puede hacerme el hombre?
El SEÑOR está por mí entre los que me ayudan;
por tanto, mirare triunfante sobre los que me aborrecen.
La diestra del SEÑOR es sublime, la diestra del SEÑOR hace
valentías.
No moriré, sino que viviré, y contaré las obras del SEÑOR.
El SEÑOR me ha reprendido severamente,
pero no me ha entregado a la muerte.
Este es el día que el SEÑOR ha hecho: regocijémonos y alegrémonos en
él.
Te rogamos, oh SEÑOR: sálvanos ahora;
te rogamos, oh SEÑOR, prospéranos ahora.
Tú eres mi Dios, y gracias te doy; Tú eres mi Dios, yo te exalto.
Dad gracias al SEÑOR, porque El es bueno;
porque para siempre es su misericordia.
(Salmos 118).
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